Un Día de Milagro de 1870

Nadie recuerda esos tiempos idos de una Salta aldeana y polvorienta. Pequeños retazos del tiempo traigo para rememorar con nostalgia aquella vez que la orgullosa ciudad fue un caserío rodeando la majestuosa plaza. 
Casi todas las casas eran de adobe, aunque ya se utiliza el ladrillo y el hierro para las construcciones. En las casonas "amplia y señorial portada da paso a un amplio zaguán que conduce al patio, lleno de sol y cubierto con grandes lajas, donde ponen su nota de gracia y de color un jazmín diamela, el oloroso cedrón y el naranjo. Rodean al patio la sala principal, aposentos, alcobas, y desde un rincón se eleva la escalera, sombreada por un alero de tejas rojas y protegida por una baranda de madera tallada". Esas grandes casas, de dos plantas y tres patios donde vive la gente acomodada, son minoría. El pueblo habita en casas más modestas y en ranchos de las afueras.
El progreso, como se le llamaba a los nuevos tiempos recién se vislumbraba como chispas en la noche y sólo se recibían noticias de Buenos Aires, aquella metrópoli que se parecía cada vez más a Paris o Londres. De tanto en tanto, y después de un larguísimo viaje arriban de Buenos Aires tropas de carretas cargadas con mercaderías de ultramar: muebles, telas y vestidos. Los maridos "muleros", comerciantes de mulas que viajan a venderlas al Perú, vuelven trayendo joyas de regalo para sus mujeres. 
La plaza principal en ese tiempo estaba rodeada por cerca, y existía un pozo de agua frente a la calle del Yocsi donde mucha gente venía a buscarla. 
Para el Milagro las vendedoras de empanadas se establecían debajo del viejo roble a los laterales de la vieja iglesia jesuita prendiendo el fuego en braceros para derretir la grasa y empezar la fritanga. Llegaban los gauchos que ataban los caballos en los árboles se sacaban las espuelas y entraba con una vela a rezar. Por la siesta se levantaba mucho polvo, y entonces se llamaba al carro aguatero para que riegue la calle. Los perros en ese tiempo eran muy molestos y habían muchos sueltos, cuando las empanaderas se descuidaban se alzaban con la carne o con un pedazo de grasa, así que tenían que estar atentas con el rebenque para ahuyentar la perrada. 
Poco a poco la plaza se va llenando de gente que venía a rendir culto a los patrones de Salta. La hora pico será justamente aquella entre las cinco y la caída del sol. 
Los vendedores ambulantes ofrecían en silencio sus productos por lo general comestibles vernáculos, de factura doméstica, capias, rosquetes, turrón, pastelitos rellenos con dulce de cayote. Casi todos iban cargando su mercancía en un canasto de mimbre, y otros en una especie de bandeja, que sujetaban a su cuello mediante una correa.
A eso de la oración, empezaban a caer en carruajes las ilustres damas salteñas acompañadas de las matronas y los chicos. De bellos peinetones y mantillas, casi todo de color oscuro con algunos atisbos de púrpura o rojo carmín. Relucen los rosarios de bella piedrería o plata peruana.
Las campanas resuenan anunciando la misa, cerca está el día de procesión donde todo un pueblo rendirá culto al compromiso divino.
Ya cuando la noche va ganando terreno los fieles se retiran lentamente para dejar el lugar al silencio.

José de Guardia de Ponté

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